¿Por qué valorar la naturaleza? Es mejor estar casi en lo cierto que completamente equivocado

Hoy publicamos en las páginas de Mercados de Medio Ambiente la cuarta entrega de la serie iniciada en el Huffington Post sobre el capital natural en colaboración con la Natural Capital Coalition, que lleva la firma de Hunter Lovins, presidenta y fundadora de Natural Capitalism Solutions y cocreadora del concepto «capitalismo natural».

Imagen: María García.

sin saber el verdadero valor de la naturaleza, permitimos que la actividad económica la dañe irreparablemente. El valor del capital natural (y de las comunidades intactas) es real, pero al permitir a las empresas que lo utilicen de forma gratuita, estamos malgastando la riqueza de las generaciones futuras provocando la pérdida de la calidad de vida para nosotros mismos», recuerda la presidenta de Natural Capitalism Solutions.

En su artículo Why Value Nature? It’s Better to be Roughly Right than Really Wrong, la nombrada por la revista Millenium Time como la Heroína del Planeta y reconocida con el Premio Sustainability Pioneer en 2008 por la comunidad financiera europea por sus 30 años dedicados a dar forma al movimiento en favor de la sostenibilidad, Lovins explica que, cuando se trata de valorar la naturaleza, es mejor estar más o menos en lo cierto que totalmente equivocado.

«¡EL CAPITAL NATURAL!», me interpeló un famoso autor. «¡Es la naturaleza! ¡Es la gente! no el capital. No los puedes llamar capital, son… son… espirituales, me espetó. No los puedes puedes poner un precio. Es inmoral».

«Los mercados financieros les ponen precios todos los días», le contesté. «Las tablas actuariales asignan un valor a la vida humana. Los capitanes de la industria ven tanto a las personas como a la naturaleza como capital». Cité a Pavan Sukhdev, director del informe de referencia sobre La economía de los ecosistemas y la biodiversidad (TEEB), quien señaló que si no se puede demostrar que la naturaleza tiene un valor mayor, los responsables de contabilidad de las empresas incorporarán ese concepto en sus ecuaciones de negocio con valor igual a cero. «Por esto», aseguré, «es por lo que gran parte de lo que valoramos está siendo liquidado. No existe un precio que capture todo el valor de la naturaleza, pero es mejor estar más o menos en lo cierto que realmente equivocado».

La profesora de Gestión Sostenible continúa explicando que «el autor se marchó enfadado, y aún tenemos pendiente una conversación en la que le explique que estoy de acuerdo con él en que a los lugares salvajes del mundo se les debe conceder un valor intrínseco, que la pérdida de culturas y lenguas impulsada por la homogeneización Mac del mundo es trágica. ¿Cuántas veces he citado a Theodore Geisel en público: “Yo soy el Lorax, estoy a favor de los árboles. Entonces, “a menos que alguien como tú se preocupe muchísimo por este asunto, nada va a mejorar. No va a suceder”».

«Aquellos de nosotros que queremos ver la naturaleza y a los seres humanos adecuadamente valorados, tanto para sí mismos como en las ecuaciones económicas, nos preocupamos tanto por la integridad de los ecosistemas y de la comunidad como aquellos que creen que son degradados al ser llamados “capital”. Pero quizá nosotros seamos un poco más realistas», matiza Lovins.

«Los negocios definen el capital como dinero o activos que se pueden utilizar (a menudo como medios de producción) para crear cada vez más riqueza. Vale la pena señalar que la palabra “riqueza”se deriva de la antigua palabra inglesa “weal”, o bienestar, que es lo que de verdad habría que mejorar».

Según Lovins, «parte del problema radica en que medimos el bienestar como el aumento del PIB: aquel que logra más juguetes gana. La idiotez de esta práctica requeriría otra discusión, pero vale la pena señalar que la mayoría de lo que la gente llama ahora “creación de riqueza”es simplemente la liquidación de una forma de capital (bienestar de los bosques o de las personas) por otro (el dinero). Esto es solo mal capitalismo, o como denomina el activista Randy Hayes, “una economía tramposa”. Un buen capitalista custodiaría y trataría de aumentar todas las formas de capital, obteniendo con ello la capacidad de crear riqueza cada vez más genuina, medida como el bienestar de todos nosotros».

«Es común pensar en el“capital” solo como dinero y ese tipo de cosas. Pero hay por lo menos cuatro formas de capital: financiero y manufacturado (que contamos y administramos en la actualidad), así como el humano y el natural (que estamos agotando actualmente). Muchos defienden que existen cinco tipos de capital. A los cuatro mencionados, les suman el capital social. Por su parte, el Institute of Chatered Public Accountants of England and Wales cuenta hasta siete formas de capital, al sumar el intelectual y el relacional. En nuestro libro, Local Action for Sustainable Economic Renewal (Acción local para la renovación económica sostenible) añadimos el capital institucional, histórico y cultural, empresarial, tecnológico y de cambio (haciendo que los mercados mantengan la agricultura y los ecosistemas intactos). Otros añaden el capital espiritual. Cualquiera de los que puedas contar, son más de dos», apunta la autora.

«Hasta que no transformermos la economía (lo que es una buena idea, pero también motivo suficiente para otra nueva discusión), tenemos que conceder tanto valor a la naturaleza y a la comunidad a medida que legítimamente se pueda para garantizar que todas las formas de capital están debidamente contabilizadas, mejoradas y custodiadas», defiende Hunter Lovins.

¿Por qué todo esto es importante?

«Existe una razón académica y una razón real. Por un lado, dado que estamos siendo malos capitalistas, esto provoca que también seamos malos contables. El programa TEEB encargó a la consultora Trucost examinar el dinero “ganado” por las industrias más grandes (sobre todo de extracción y agricultura industrial) y compararlo con los costes del uso de activos no renovables como los combustibles fósiles y minerales; y el capital biológico como los bosques y la pesca. Al contabilizar el uso de agua y del suelo, las emisiones de gases de efecto invernadero, la contaminación de residuos, de la tierra y del agua, el estudio halló que estas pérdidas superaron las ganancias de la producción primaria (agricultura, silvicultura, pesca, minería, exploración de petróleo y gas, servicios públicos) y algunos de primera transformación (cemento, acero, pulpa y papel, productos petroquímicos)».

Si se cuenta el valor real del capital natural que está siendo dilapidado por las industrias que tienen permiso para hacerlo, casi ninguna industria sería rentable. Por ejemplo, los costes incontables de la producción de trigo y arroz en Asia Oriental fueron de aproximadamente 500 000 millones de dólares en 2009 (unos 454 700 millones de euros). En 2012, los ingresos procedentes de la agricultura fueron algo menos de100 000 M$ (alrededor de 90 900 M€). La generación con carbón en el este de Asia y América del Norte supone costes de casi 800 000 M$ (del orden de 727 400 M€) e ingresos de 690 000 M$ (unos 627 400 M€)».

«El informe encargado por TEEB reveló que los costes no contabilizados a partir de la pérdida de capital natural en las industrias estudiadas fueron de al menos 7,3 billones de dólares (aproximadamente 6,6 billones de €) en 2012, o un 13 % del PIB mundial. La publicación del informe se realizó con el fin de que los inversores puedan evaluar mejor los riesgos para las empresas y las cadenas de suministro, así como cambiar sus inversiones a empresas con menores costes y, por lo tanto, menores riesgos, al tiempo que se identificaba a aquellos que menos cumplen y que van a ser penalizados por su mal capitalismo», aclara Lovins.

«La verdadera razón es que sin saber el verdadero valor de la naturaleza, permitimos que la actividad económica la dañe irreparablemente. El valor del capital natural (y de las comunidades intactas) es real, pero al permitir a las empresas que lo utilicen de forma gratuita, estamos malgastando la riqueza de las generaciones futuras y provocando la pérdida de la calidad de vida para nosotros mismos», recuerda la presidenta de Natural Capitalism Solutions.

«El mejor de los casos es que esta información se integre en la política. Tuve el honor de formar parte de un equipo que analizó el valor de los servicios de los ecosistemas suministrados a la economía de la ciudad de Sanya, en la paradisíaca isla de Hainan (China). Presidido por el Dr. Robert Costanza, nosotros y nuestros colegas chinos del Institute of Green Investing of the De Tao Academy hallamos que el valor del capital natural en la ciudad supera el valor de la economía que fue contabilizado. De Tao, una iniciativa liderada por el sector empresarial para transformar la educación china, quería saber si podían convencer al Gobierno de vincular las concesiones del desarrollo a evaluaciones del valor del capital natural en tierra virgen y al compromiso de suministrar al menos los mismos servicios de los ecosistemas durante el tiempo de duración del desarrollo».

«¿Hará China esto? Habría sido transformador si lo hubiera hecho. China es el único país que recoge en su Constitución que será “La civilización ecológica”. Para lograr esto, tendrá primero que tener su contabilidad bien hecha».

Fuente: Huffington Post.

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