Las dos caras de la sostenibilidad

Según la definición de la RAE, en su acepción más adecuada para el concepto de la sostenibilidad, sostener es “Dicho de un cuerpo: Mantenerse en un medio o en un lugar, sin caer o haciéndolo muy lentamente.”

Desde hace ya mucho tiempo se emplea la palabra sostenibilidad para definir un estado de equilibrio entre el medio ambiente y el desarrollo económico, un estado en el que se logre, a la par que se producen avances económicos, mantener los beneficios que el medio ambiente nos aporta a futuro para que generaciones posteriores puedan disfrutar de ellos.

Normalmente se aplica esta definición a los proyectos empresariales en los que, sin ninguna duda, ha de existir este componente que hace sostenible la implantación de la actividad que se ha planificado. Cada vez más empresas se suben al carro de la sostenibilidad y están concienciadas de que para que su negocio funcione en un futuro han de cumplirse unos requisitos en el presente. No hay más que ver los datos del informe del Boston Consulting Group sobre la importancia que la sostenibilidad tiene para las empresas. Estos requisitos aparentemente generan costes adicionales a la puesta en marcha de los proyectos empresariales, pero a pesar de ello, cada vez más empresas tienen la amplitud de miras para considerarlos más que costes, las consideran inversiones de futuro que o aumentan la rentabilidad de sus proyectos o mejoran la eficiencia de sus procesos productivos.

La sostenibilidad es un tema candente en la actualidad. Empresas, gobiernos, sociedad, todos hablan de “desarrollo sostenible” y buscan la manera de lograr compatibilizar la actividad económica con una repercusión lo más reducida posible sobre el medio ambiente. Pero casi siempre se habla de la sostenibilidad orientada a generar una concienciación que logre que los distintos actores mitiguen el daño ambiental y lo compensen.

En pocas ocasiones se habla de la otra cara de la moneda, de cómo hacer sostenibles los proyectos de mejora ambiental que se están llevando a cabo por las distintas organizaciones para restaurar un hábitat, proteger una especie o mejorar un ecosistema. Estos proyectos en muchas ocasiones cuentan con dotaciones financieras para su ejecución, pero no para el mantenimiento y conservación de los beneficios generados. Aunque en este sentido queda mucho camino por recorrer, cada vez más se tiende a que estos proyectos se vuelvan sostenibles, es decir, a que las “inversiones” que se realicen para mejorar el medio ambiente permitan obtener un “retorno” para que las mejoras ambientales sean sostenidas en el tiempo.

Es fundamental que los proyectos de mejora ambiental tengan esta componente económica, para poder mirar al futuro con esperanzas de que el medio ambiente va a ser capaz de “sostenerse” en el tiempo. Para ello es necesario que  se valoren como se debe los servicios ambientales y que se desarrollen herramientas que permitan a aquéllos que se dediquen a conservar el medio ambiente obtener rentabilidad por ello.

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Isabel González

Acerca de Isabel González

Isabel es ingeniera de Caminos por la Universidad Politécnica de Madrid y MBA Executive por la EEN. Es una experta en desarrollo de estudios técnicos y proyectos de ingeniería. La primera fase de su vida profesional la desarrolló diseñando proyectos y estudios relacionados con las obras hidráulicas y la hidrología. Tras dos años investigando sobre los mercados ambientales Isabel, se embarca en Ecoacsa, empresa de la que es Socia y Directora de Desarrollo de Negocio, con el absoluto convencimiento de que es necesario impulsar nuevos mecanismos de conservación ambiental que permitan considerar en el ciclo económico los beneficios y los riesgos que se derivan de la conservación ambiental. En Ecoacsa, Isabel desarrolla nuevos proyectos de aplicación de estos mecanismos, así como las herramientas necesarias para que se conozcan a todos los niveles.

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