Se necesitan más botas sobre el terreno para priorizar la conservación y asegurar el equilibrio de los ecosistemas

Nuestro incompleto conocimiento taxonómico impide los intentos de proteger la biodiversidad, por lo que es crítico contar con un mayor número de taxónomos que contribuyan a indexar especies hasta ahora desconocidas y sus interacciones. Esto es necesario para orientar la priorización de la conservación y tener capacidad de hacer frente a uno de los mayores desafíos para las ciencias biológicas: el origen, la evolución y el equilibrio de los ecosistemas

Imagen: Alex Drahon (Freeimages).

Nuestro incompleto conocimiento taxonómico impide los intentos de proteger la biodiversidad, por lo que es crítico contar con un mayor número de taxónomos que contribuyan a indexar especies hasta ahora desconocidas y sus interacciones. Esto es necesario para orientar la priorización de la conservación.Así lo defiende Edward O. Wilson, biólogo y entomólogo del Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard, en su articulo recogido en las páginas de Nature bajo el título Biodiversity research needs more boots on the ground (La investigación de la biodiversidad necesita más botas sobre el terreno). En él explica que «se necesita un renacimiento en la clasificación de las especies y sus interacciones para orientar la priorización de la conservación».

El descubrimiento y la descripción de la biodiversidad de la Tierra es la ciencia biológica más antigua, pero es la menos desarrollada. El número de especies caracterizadas y con nombres latinos dados por los taxonomistas superó recientemente los dos millones. Sin embargo, se cree que la lista completa, que comprende todos las especies conocidas y otras en espera de ser descubiertos, está comprendida por del orden de 10 millones. Una conclusión matemáticamente razonada sitúa el número de especies eucariotas en 8,7 millones. Por lo tanto, una gran parte de las especies vivientes, hasta un 80 %, permanecen aún desconocidas para la ciencia. «En pocas palabras, vivimos en un planeta poco conocido», advierte el científico.

En el caso de las hormigas, por ejemplo, estos insectos relativamente bien estudiados se encuentran entre los animales más abundantes y ambientalmente dominantes en la tierra fuera de las regiones polares. Hay 334 géneros actualmente reconocidos, de los que el segundo más grande en número de especies es eñ Pheidole. En el estudio llevado a cabo por Wilson New World Pheidole, se identifican 624 especies, incluidas 337 nuevas para la ciencia. Hasta ahora, la historia natural de menos de una veintena de estas especies ha sido estudiada en detalle. Mientras tanto, nuevas especies, descubiertas principalmente en bosques tropicales y sabanas, continúan llegando a las colecciones de los museos.

Otro ejemplo de la falta de conocimiento taxonómico es la asombrosa abundancia y diversidad de protistas unicelulares descubiertos en estudios del suelo y la basura de bosques neotropicales. Una gran parte de estas especies, en su mayoría nuevas, es parásita. Su actividad parece ser un factor que sostiene la diversidad en insectos y otros invertebrados, la gran mayoría de los cuales tampoco han sido estudiados o son completamente desconocidos.

La biodiversidad en el mar está aún menos explorada que la de la tierra. La bacteria ultramicroscópica Prochlorococcus, el fotosintetizador principal del mar abierto más cálido, fue conocida por primera vez en 1988. Estos microbios, junto con otra bacteria marina superabundante, la Pelagibacter, son superados a su vez por los virus, que de media son miles de millones por litro de agua de mar. Muchos, tal vez la mayoría, parecen ser bacteriófagos.

Por otra parte, los biólogos apenas han comenzado a medir la variedad de vida en la inmensa virosfera de la Tierra. Sin embargo, incluso cuando este dominio se explora más a fondo, nos encontramos con descubrimientos como los misteriosos eucariotas ultramicroscópicos clasificados en 2013 como un nuevo phylum, el Picozoa. Y debajo de la superficie de la tierra y el mar está el «bioma profundo» de las bacterias que comen rocas y sus depredadores ocasionales de nemátodos, que se extienden hacia abajo hasta el nivel en el que el aumento del calor impide la vida, según se cree.

Según Wilson, la mayoría de las investigaciones biológicas comienzan y se mantienen con la especie como el nivel de organización preferido, cualquiera que sea la naturaleza del rasgo analizado. La secuenciación de segmentos mitocondriales altamente variables, o incluso de todo el genoma, es valiosa en sí misma, pero nos dice relativamente poco sobre la anatomía, la fisiología y el comportamiento de los organismos, y aún menos sobre su papel en los ecosistemas. Al más alto nivel, la clasificación de los ecosistemas y las tasas a las que cambian nos dicen mucho. Lo mismo puede decirse de las ecorregiones, áreas naturales relativamente inalteradas que consisten de uno a múltiples ecosistemas. Pero la delineación de especies y las tasas de crecimiento o declive de su población individual nos dicen mucho más, y con una exactitud mucho mayor.

Muchos de los grupos menos explorados están disponibles para una investigación fructífera sobre la biodiversidad, por ejemplo, los ácaros, arañas que viven en el suelo, arácnidos esquizomídeos, avispas parasitoides, colémbolos, tardígrados, nematodos, rotíferos, platelmintos parásitos, mosquitos, crustáceos, algas microscópicas y una aparente infinitud de hongos microscópicos.

Por lo general, los únicos científicos capaces de descubrir y analizar los pequeños detalles necesarios de la biodiversidad a nivel de especie son los especialistas, como entomólogos, herpetólogos, nematólogos, micólogos y otros que dedican sus carreras a la biología del grupo que eligen. Ellos no solo acumulan datos y síntesis, sino también impresiones e intuiciones fuera del alcance de la tecnología Big Data. Este profundo conocimiento periférico conduce a nuevas preguntas y líneas de investigación más allá de la imaginación ordinaria.

Desafortunadamente, la investigación sobre la diversidad biológica ha sido abandonada en gran medida por las universidades en favor del enfoque a nivel molecular y celular de un pequeño número de especies “modelo”. Esto deriva en el continuo descuido de la investigación de la biodiversidad, lo que, a su vez, impide el progreso de la conservación de la vida en todos los niveles en todos los grupos taxonómicos. También disminuye la capacidad de hacer frente a uno de los mayores desafíos para las ciencias biológicas, que surge justo en el horizonte: el origen, la evolución y el equilibrio de los ecosistemas. Los problemas presentados por los análisis del ecosistema son equivalentes en complejidad a los presentados por el cerebro humano. «Pueden ser resueltos mediante un renacimiento Linneano, en el que cada uno de los millones de especies de la Tierra que aún sobreviven es descubierto y su papel en la biosfera es cada vez mejor documentado», concluye el experto.

Fuente: Nature.

 

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