Nuestro modelo actual de consumo es injusto y corto de miras: ha llegado el momento de cambiarlo

El mundo no se encuentra bien. Su salud va deteriorándose poco a poco y esto es consecuencia de numerosas razones, entre ellas, una fundamental: nuestro sistema económico. Los especialistas de Edeos Digital Education han producido un vídeo de algo más de cinco minutos de duración en el que nos acercan la realidad de nuestro modelo económico, cuyo desarrollo provoca multitud de impactos negativos sobre el planeta (impulso del cambio climático, extinción de especies, pobreza…) y nos muestran los beneficios de otras alternativas como el comercio justo, la agricultura orgánica y el comercio de derechos de emisión, entre otros.

 

El mundo no se encuentra bien. Su salud va deteriorándose poco a poco y esto es consecuencia de numerosas razones, entre ellas, una fundamental: nuestro sistema económico.

La Tierra está sometida a tal presión por parte de nuestra forma de consumir que en ocasiones parece incluso estar cerca del colapso: contaminación, pobreza, cambio climático, pérdida de la biodiversidad, sobrepesca… ¿Cómo hemos llegado a esta situación? «¿Son los humanos demasiados estúpidos para preservar nuestros hábitats o se trata solo de un tema de codicia?», se pregunta la narradora del vídeo.

Todos estos problemas tienen distintas causas, pero una de ellas, la principal, tiene raíces profundas: cada vez hay más y más gente consumiendo más y más productos, lo que deriva en graves inconvenientes. Además de esto, los consumidores no pagan un coste real de los productos que compran. Los precios que pagamos por los artículos que consumimos son diferentes al coste de producirlos, lo que resulta muy llamativo.

Para explicar esta situación, los autores del vídeo se valen de un ejemplo: para comprar un producto X, pagamos 100 euros por él en el mercado, lo que es una verdadera ganga. ¿Por qué? Porque al calcular su coste de fabricación, resulta que las materias primas necesarias para producir este artículo extraídas en África cuestan 25 €, mientras que el coste laboral de los empleados encargados de su fabricación en Asia es de 20 €. A esto hay que sumar que la energía empleada en el proceso productivo cuesta 10 €, a los que hay que añadir otros 5 € por el transporte desde la instalación fabril hasta el distribuidor. Además, la compañía añade otros 20 € por gastos del negocio (costes de oficina) y, dado que también quiere ganar dinero, suma otros 20 € al coste final como beneficio. Todas estas cantidades hacen un total de 100 €, que fue la cifra abonada en la tienda para adquirir el producto X. Sin embargo, existen otros costes que no han sido añadidos a estos cálculos.

¿Cuáles son estos costes? Muy sencillo: para extraer las materias primas necesarias para fabricar el producto, se emplean unos componentes químicos que tienen su impacto negativo en el medioambiente, como la pérdida de biodiversidad, la muerte de peces y el efecto perjudicial que esto tiene en la pesca local. Esta pérdida añade otros 3 € al coste final. En cuanto a los trabajadores de la fábrica, utilizan pocas prendas protectoras para su trabajo y habitualmente son forzados a trabajar durante muchas horas. Además, en algunos casos, también se emplea a niños para realizar estos trabajos. El coste de las bajas por enfermedad y la pérdida económica por la falta de educación es de 6 €.

Por otra parte, la electricidad utilizada en el proceso productivo deriva en la emisión de dióxido de carbono, causante del cambio climático. El coste de los fenómenos climáticos extremos consecuencia del cambio climático y de la protección frente a ellos se sitúa en los 4 €. Durante el transporte, también se emite CO2, en concreto, el camión encargado de transportar el producto hasta el distribuidor también provoca ruido, polvo y congestión del tráfico. Las carreteras sufren 1000 veces más presiones como consecuencia del paso de los camiones por ellas que por el paso de los coches. Por ello, el coste sanitario adicional y del mantenimiento de las carreteras y del tiempo perdido en atascos se estima en 4 €. Por último, antes o después, el producto se romperá y será desechado. El reciclado de sus materiales suma otros 4 €.

Al sumar también estos últimos costes, da un total de 121 €, pero ni el productor ni el consumidor se hacen cargo de esta diferencia adicional, que simplemente es derivada a otros… Los economistas denominan a esta situación «externalidades negativas» o costes ocultos. Pero, ¿quién se hace cargo de estos costes extras? Depende. Por ejemplo, los trabajadores en la factoría sufren pérdida de ingresos como consecuencia de los accidentes y las enfermedades; los contribuyentes han de pagar más impuestos por el aumento de los costes de mantenimiento y reparación de las carreteras, incluso aquellos que ni siquiera conducen. Un coste particularmente grande se pasa a las futuras generaciones, es decir, a nuestros hijos, a sus hijos, a los hijos de nuestros nietos (nuestros bisnietos), a los hijos de estos… y así sucesivamente.

Esto es especialmente evidente en las consecuencias que se derivan del cambio climático. Los costes ocultos se traducen en varios problemas: crean incentivos al mayor consumo y reducen los incentivos por el uso prolongado de productos, así como por su reparación y reciclado. Si consideramos esto a escala global, todo queda claro. Los costes ocultos son el problema principal de las dificultades mencionadas al principio.

Por lo tanto, es hora de hacer algo al respecto. Existen algunos enfoques que incorporan los costes ocultos en los procesos de consumo. Por ejemplo, la agricultura orgánica es un intento de integrar el coste oculto de utilizar fertilizantes químicos y pesticidas. Así, los productos del comercio justo compensan por los salarios bajos y las condiciones laborales. Asimismo, la mayoría de las agencias de viaje ofrecen a los clientes la posibilidad de compensar las emisiones de carbono que se derivarán del viaje que elijan y el comercio de derechos de emisión internaliza el coste de las emisiones de CO2 en la producción industrial.

«Quizá haya llegado el momento de certificar los productos que no tengan ningún coste oculto. El coste de nuestra manera de consumir es afrontado por los más pobres y trasladado a futuras generaciones, lo que es, cuando menos, injusto y corto de miras. Tenemos que entender que tenemos una responsabilidad como consumidores, tanto respecto al medioambiente como respecto al resto de ciudadanos del mundo», concluye el vídeo.

 

 

Fuente: Edeos Digital Education.

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