La contaminación del suelo: Una realidad oculta

La contaminación del suelo plantea un serio reto para la productividad agrícola, la seguridad alimentaria y la salud humana, pero se sabe muy poco sobre la escala y la gravedad de la amenaza, según advierte el informe Soil pollution: A hidden reality (la contaminación del suelo: Una realidad oculta), de la FAO.

 

La contaminación de los suelos nos afecta en muchos sentidos. Influye en la salud de la comida que comemos, la calidad del agua que bebemos y del aire que respiramos, además de al buen estado de nuestros ecosistemas. La «contaminación del suelo» se refiere a la presencia en el suelo de una sustancia o químico fuera de lugar y con una concentración mayor de lo normal, que tiene efectos en cualquier organismo no objetivo. A menudo, este problema no puede ser evaluado de forma directa o percibido visualmente, lo que lo convierte en un peligro oculto.

Según el documento de la FAO, la industrialización, las guerras, la minería y la intensificación de la agricultura han dejado su legado de contaminación del suelo en todo el planeta, mientras que el crecimiento de las ciudades ha tenido como consecuencia que se utilice como sumidero de cantidades cada vez mayores de desechos urbanos.

La contaminación de los suelos nos afecta en muchos sentidos. Influye en la salud de la comida que comemos, la calidad del agua que bebemos y del aire que respiramos, además de al buen estado de nuestros ecosistemas. El potencial de los suelos para hacer frente a la contaminación es limitado y, por eso, la prevención de este problema debería ser una prioridad en todo el mundo.

Pero aunque la intensificación agrícola, la producción industrial y la urbanización prosiguen a un ritmo rápido, hasta ahora no se ha realizado una evaluación sistemática del estado de la contaminación del suelo a escala mundial, advierte el informe.

Los estudios existentes sobre este tema se han limitado en su mayoría a las economías desarrolladas. Por ello, existen grandes lagunas de información respecto a la naturaleza y el alcance del problema. Sin embargo, lo poco conocido es ya motivo de preocupación, destacan los autores de la publicación.

Por ejemplo, en Australia, se estima que existen unos 80 000 emplazamientos que sufren contaminación del suelo. China ha clasificado el 16 % de todos sus suelos —y el 19 % de sus suelos agrícolas—, como contaminados. Hay aproximadamente 3 millones de lugares contaminados en la Zona Económica Europea y en los Balcanes occidentales. En Estados Unidos, 1300 localidades aparecen en la lista de prioridades nacionales Superfund, en la que las autoridades incluyen aquellas que sufren un elevado índice de polución.

Estos datos nos ayudan a entender la clase de peligros que la contaminación plantea a los suelos, pero «no reflejan la complejidad de la contaminación del suelo en el mundo y ponen de relieve la insuficiente información disponible y las diferencias en el registro de sitios contaminados en diversas regiones geográficas», advierte el texto.

Amenazas para los alimentos y la salud

La contaminación del suelo afecta a la seguridad alimentaria, al dificultar el metabolismo de las plantas y al reducir los rendimientos agrícolas, lo que hace que los cultivos sean nocivos para el consumo. Los contaminantes dañan también directamente a los organismos que viven en el suelo y lo hacen más fértil.

Y, por supuesto, el suelo contaminado con elementos peligrosos (por ejemplo, arsénico, plomo y cadmio), productos químicos orgánicos como BPC (bifenilos policlorados) y HAP (hidrocarburos aromáticos policíclicos) o productos farmacéuticos —como antibióticos o disruptores endocrinos— plantea graves riesgos para la salud humana.

El 95 % de los alimentos viene del suelo de la tierra. Conservarlos y gestionarlos de forma sostenible será crítico para poder alimentar a una población mundial creciente.

Impulsores

La mayor parte de la contaminación del suelo se debe a actividades humanas industriales —minería, fundición, fabricación—; desechos domésticos, ganaderos y urbanos; plaguicidas, herbicidas, fertilizantes utilizados en la agricultura; productos derivados del petróleo que se liberan o descomponen en el medioambiente; y gases generados por el transporte.

Los llamados «contaminantes emergentes» suponen también una preocupación creciente. Aquí se incluyen productos farmacéuticos, disruptores endocrinos, hormonas y contaminantes biológicos; la denominada «basura electrónica» (E-waste) de viejos aparatos inservibles; y los plásticos usados hoy en casi todas las actividades humanas.

Tal y como advierte el documento, apenas existen estudios científicos sobre el destino de los plásticos en los suelos, mientras que la mayoría de los desechos electrónicos se depositan en los vertederos en lugar de reciclarse.

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Soil pollution: A hidden reality

 

Fuente: FAO.

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