Cómo un monje franciscano de 1440 pudo revolucionar la forma en que medimos el mundo natural

El artículo que publicamos hoy es la traducción al español de How a Franciscan Monk from 1440 Could Revolutionise the Way that We Measure the Natural World (Cómo un monje franciscano de 1440 pudo revolucionar la forma en que medimos el mundo natural), la quinta entrega de la serie iniciada en el Huffington Post sobre el capital natural en colaboración con la Natural Capital Coalition. Firmado por Matthew Parr, asesor Senior sobre capital natural de la Unión para la Conservación de la Naturaleza en Países Bajos (UICN NL, por sus siglas en inglés), el artículo explica cómo la contabilidad por partida doble puede ayudarnos a interpretar la naturaleza y los sistemas naturales.

Imagen: Lista Roja de la UICN.

Cada actividad económica depende de manera fundamental y más o menos directamente del mundo natural. Cualquier medición o contabilización de la actividad económica —desde un análisis de coste-beneficio hasta la contabilidad de una compañía, así como todo el recorrido que conlleva la medición del propio PIB— debe, por tanto, incluir a la naturaleza. En caso de no hacerlo, se crean puntos ciegos en la identificación de los riesgos y oportunidades económicas y corporativas.

Así, Parr comienza reconociendo que «no cuestionamos nuestros sistemas numérico, contable y matemático actuales. Son una parte integral de nuestra vida cotidiana: esencial en el funcionamiento de nuestra tecnología moderna; indispensable en el funcionamiento de nuestra economía global; fundamental para nuestra comprensión del entorno».

Sin embargo, hasta hace solo unos pocos cientos de años se utilizaba un sistema completamente diferente para contar y calcular: el uso de contadores y números romanos. No fue hasta que un insólito grupo de comerciantes experimentados de Florencia se dio cuenta de los beneficios de lo que entonces se conocía como las matemáticas del ábaco indoarábigo cuando las cosas comenzaron a cambiar muy lentamente.

Durante los siglos 14 y 15 acogieron y estudiaron este nuevo sistema, utilizando los números por entonces ya conocidos del 0 al 9 en sumas, restas, multiplicaciones y divisiones y comenzaron a utilizarla en lo que denominaron «la expresión por escrito de la disposición de [sus] asuntos».

Esta expresión se conoce como «la contabilidad de doble entrada» y fue perfeccionada por Luca Pacioli, un franciscano nacido cerca de Florencia (Italia) en la década de 1440. En 1494, se publicó el primer tratado sobre la contabilidad de doble entrada, un sistema de mantenimiento de registros en el que se registra cada transacción de negocios en al menos dos cuentas: los asientos contables de débito en la izquierda y los de crédito en la derecha. Tal y como escribe Jane Gleeson-White en su maravilloso librito sobre la historia de las finanzas y la contabilidad, la contabilidad de doble entrada se convirtió en la piedra angular que rige nuestra economía global y todas las empresas que operan en ella.

En virtud de esta innovación, los comerciantes se convirtieron en algunos de los más ricos y educados en Europa, lo que desencadenó en primer lugar una revolución cultural (financiación moderna y, en cierta medida, el Renacimiento), y, posteriormente, una revolución científica e industrial. Mientras vivían una vida de riqueza y extravagancia en Italia, los científicos de Europa Occidental estaban ocupados experimentando con estos nuevos números y ecuaciones y su aplicación, con el fin de relatar e interpretar el mundo natural.

Para estos científicos, los números se convierten en una herramienta esencial. Los primeros conservacionistas como John Muir, aunque fueron primero reconocidos por su prosa escrita sobre la belleza de la naturaleza, también midieron y calcularon muchos aspectos del mundo natural.

Darwin, a pesar de ser un matemático reacio, escribió hacia el final de su vida que hubiera deseado haber aprendido los principios básicos de las matemáticas, «parece que dotan al hombre de un nuevo sentido». Hoy en día, los números, las matemáticas y las estadísticas son esenciales para la forma que empleamos para describir y estudiar la situación y las tendencias de nuestra especie a escala mundial, los ecosistemas, los hábitats y el medioambiente. Sin ellos, proyectos como la Lista Roja de la UICN serían imposibles.

A lo largo de la mayor parte de la historia, los economistas del mercado y los ecologistas de la conservación no se han molestado mucho entre sí. Los economistas observaron y produjeron teorías económicas y midieron la producción y el consumo de bienes y servicios en el mercado. Los ecologistas, por su parte, observaron y produjeron teorías ecológicas y midieron la interacción de los seres vivos con su medioambiente. Sin embargo, ambos: economistas y ecologistas, con el tiempo han llegado a reconocer que ningún enfoque ofrece una imagen completa. Nuestra incapacidad para lograr una comprensión unificada está dando lugar a decisiones ineficientes y destructivas, que en última instancia no benefician ni a la economía ni al medioambiente.

Cada actividad económica depende de manera fundamental y más o menos directamente del mundo natural. Cualquier medición o contabilización de la actividad económica —desde un análisis de coste-beneficio hasta la contabilidad de una compañía, así como todo el recorrido que conlleva la medición del propio PIB— debe, por tanto, incluir a la naturaleza. En caso de no hacerlo, se crean puntos ciegos en la identificación de los riesgos y oportunidades económicas y corporativas.

En consecuencia, no existe ningún ecosistema que no haya resultado afectado o alterado por las actividades económicas en algún sentido. Cuando esta relación se malinterpreta o no se gestiona adecuadamente, conduce al círculo vicioso de la degradación del medioambiente y la inestabilidad económica. Cualquier intento de mantener la integridad y diversidad ecológicas en el siglo 21 debe por tanto recurrir a la economía y a los agentes económicos, al igual que cualquier intento de mantener la estabilidad económica y la prosperidad debe recurrir a la ecología y a los actores ecológicos.

Afortunadamente, al igual que en 1494, el año 2016 podría ser un punto de inflexión. Podría ser el año en que los negocios y la conservación se reúnen para colaborar de una manera constructiva y sistemática para incorporar el capital natural en las mediciones tradicionales del capital financiero. Esto, sin duda, dará lugar a mejores y más informadas decisiones que nos beneficiarán a todos.

Una serie de iniciativas están a la vanguardia de esta próxima revolución. Una de ellas es la Natural Capital Coalition, que reúne proyectos y organizaciones destacadas bajo la visión común de lograr un mundo donde las empresas conservan y mejoran el capital natural. Este julio, la Coalición lanzará el primer Protocolo del Capital Natural global, un marco para facilitar a las empresas identificar, medir y valorar sus repercusiones y dependencias sobre el capital natural, así como a generar información fiable, creíble y viable para adoptar las mejores decisiones en sus negocios.

Mientras estuvo vivo, Luca Pacioli se dio cuenta de lo importante que era para las empresas expresar sus valores en números. Si estuviera vivo hoy, seguramente vería el beneficio de un marco de este tipo para ayudar a las compañías —de todas las geografías y sectores— a expresar, por escrito, la «disposición de [sus] asuntos» respecto a la naturaleza.

Fuente: Hufftington Post.

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